jueves, 22 de abril de 2010

Preparen el camino del Señor, enderecen sus sendero


El comienzo del evangelio de San Marcos relata como al hijo del hombre, luego de un largo tiempo de escacez profética en el pueblo de Israel, le es preparado su camino por Juan Bautista, cumpliendo así la voluntad de Dios Padre. Juan, quien profetizaba la inmediata llegada del señor e instaba a las personas a llevar una vida acorde a las leyes, se humilla a sí mismo, reconociendo que no es digno de poder desatarle las sandalias a Jesús. Éste hombre será el último hombre encargado de anunciar al mesías (Cristo,) y será quien se encargue de darle el bautismo en agua, para que luego El Señor de Señores reciba el Bautismo del Espíritu Santo. El Espíritu Santo, la tercera persona de la trinidad, es practicamente un enigma para muchos, y pocos tienen claro lo que en realidad es. Sin embargo El Padre nos ha dejado unas citas en las cuales lo podemos apreciar, dentro de ellas se
encuentra esta:

Mc 1:1-11
Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Conforme está escrito en Isaías el profeta: Mira, envío mi mensajero delante de ti, el que ha de preparar tu camino. Voz del que clama en el desierto: «Preparen el camino del Señor, enderecen sus sendas». En cumplimiento de esto, apareció Juan bautizando en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados. Acudía a él gente de toda la región de Judea y todos los de Jerusalén, y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados. Juan llevaba un vestido de pie de camello; y se alimentaba de langostas y miel silvestre. Y proclamaba: «Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo; y no soy digno de desatarle, inclinándome, la correa de sus sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.» Y sucedió que por aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán. En cuanto salió del agua vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en forma de paloma, bajaba a él. Y se oyó una voz que venía de los cielos: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco.»

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